PAUL NEWMAN Y ELIZABETH TAYLOR

PAUL NEWMAN Y ELIZABETH TAYLOR

viernes, 16 de marzo de 2007

HOLLYWOOD EN LOS AÑOS VEINTE. LOS ESTUDIOS

Técnicamente, las últimas películas mudas norteamericanas estaban cerca de la perfección . La luminosidad de la fotografía y el imaginativo pero discreto uso de la composición se combinan en una secuencia narrativa, obra de los montadores , cuya compresión del ritmo y de la tensión dramática se considera todavía hoy extraordinaria.

Los rótulos explicativos se redujeron al mínimo y no sólo habían desaparecido las gesticulaciones histriónicas, sino que además los actores eran ya capaces de transmitir emociones de muy diversa índole mediante gestos casi imperceptibles, aunque es discutible que mereciera la pena el esfuerzo, dada la calidad de reproducción de la época. En aquel entonces se daba por supuesto que así era, ya que los críticos europeos expresaron unánimemente su admiración por el nuevo acontecimiento.

Una película norteamericana muy admirada al principio de la década fue Nanook of the North ( Nanuk, el esquimal, 1922) que, al ser el primer documental de viajes de larga duración, eclipsó a sus escasas predecesoras . Esta filmación de la vida de los esquimales es obra de Robert J. Flaherty ( 1884-1951), cineasta aficionado que se llevó consigo una cámara cinematográfica al trasladarse a la bahía de Hudson por motivos de trabajo.

Al comparar esta obra con los documentales modernos realizados para televisión, se constata su carácter primitivo: a diferencia de éstos, presenta un punto culminante más propio de una obra de ficción ( el momento en que los esquimales, que cazan lejos de su hogar, se refugian en un iglú abandonado); pero sus contemporáneos quedaron extasiados, entre ellos franceses Taylor Patterson, quien escribió en " The New Republic": " Estamos hartos de adaptaciones de otras artes (…) He aquí, por fin, nuestro lenguaje cinematográfico propio, de concepción tan original como El gabinete del Dr. Caligari y tan natural como fantástica es ella."

Nanook no era, como Caligari, un callejón sin salida, pero cuando la industria reconoció su valía, la película alemana había dejado ya una profunda huella y la mayor parte de las admiradas películas norteamericanas revelaban influencia alemana, hasta que se asimilaron las lecciones de los rusos . Ambas escuelas condujeron al cine norteamericano hacia el realismo, aunque esta tendencia fue tan efímera como deliciosa, ya que pronto la industria y el público se dejarían arrastrar por el sonoro.

Al final de la época del cine mudo, prácticamente todos los hombres, mujeres y niños de Estados Unidos acudían a las salas de proyección al menos una vez por semana . Las gentes de todos los países tuvieron un conocimiento minucioso del estilo de vida norteamericano. Las preferencias de los espectadores de todo el mundo coincidían con las de los magnates de Hollywood. Lo que resultaba muy conveniente para sus accionistas.

Mientras en Europa se consideraba que los directores eran los verdaderos autores de sus películas, la caída de Griffith y Von Stroheim convenció a los reyezuelos de Hollywood de la poca conveniencia de delegar todas las decisiones en quienes dirigían la acción en los estudios. Sus devaneos con Flaherty les resultaron igualmente costosos e inaceptables desde el punto de vista comercial; a Ince le dejaron las manos libres, ya que era capaz de supervisar varias producciones simultáneamente, pero murió joven.

Se lanzaron entonces a la búsqueda de sustitutos en Europa, a menudo movidos no tanto por el entusiasmo como por el espíritu competitivo de diez años atrás, para evitar que los rivales se beneficiaran de talentos potencialmente importantes; por su parte, los directores europeos, obnubilados por el dinero que se les ofrecía, se doblegan fácilmente a los designios de los magnates.

Se les imponían guiones, decorados y actores. Cualquier parcela de libertad era fruto de los éxitos obtenidos con el material impuesto por la productora, y esa libertad permanecía bajo el estricto control de los estudios. Pese a ello se mantuvo a flote un Lubisch, y fue posible la realización de una obra tan unida a los sentimientos de su director como The Crowd, aunque se trata de una excepción entre los directores norteamericanos de los años veinte, que en su mayor parte hubieron de atenerse al star system.

El público gustaba de las grandes estrellas: a partir de la revelación de Mary Pikford, todo el mundo reconocía que eran necesarias , desde el accionista más insignificante de una productora hasta el más egocéntrico de los directores.